Los pensamientos de Ulissio

 

 

SOBRE LA ESCLAVITUD

Los esclavos de la modernidad se ilusionan con ser "hombres libres", aman vanagloriarse de esta condición suya y hacen notar, a quién los observa, como ellos están conscientemente en grado de elegir entre una Opel Corsa o un Fiat Prisma. Los menos acomodados desvían su libertad sobre la última pizzería abierta o a un concierto de la banda de los bomberos.
Personalmente me considero (con extrema convicción) un verdadero hombre libre en cuanto estoy consciente de mi esencial esclavitud.
Estamos cruzando un cruel recorrido de modernización, cuya primordial característica se identifica en la globalización de un único modelo económico (por consiguiente cultural) que, como yuyo venenoso, florece entre las piedras de la "transición". En este foco infeccioso aparece siempre más acelerada y evidente la pérdida de significado de nuestro cuerpo, incluido aquél que llamamos "cerebro": aquel mágico cúmulo de materia chispeante que demasiado a menudo y con irresponsable superficialidad, damos por existente y funcionante. El abono que alimenta la tierra del Medio (geografía de la transición) está compuesto de palabras - bacteria y de imágenes que desbordan a un sublime casi delictivo: emplasto sin ninguna conexión con la experiencia. Esto significa que el proceso biológico y cultural en acto tiene lugar "separado" de la carne y viaja en un obrar hacia adelante y a oscuras y que no tiene en cuenta las alegrías, los sueños y los sufrimientos del hombre; "En el principio fue la carne" - decía Giulio Preti. Después, un triste día (creo era otoño) aparecieron los abogados, sociólogos y contadores adeptos a los "intereses bancarios" y así fue que nació el discurso sobre "el cálculo de las probabilidades de escape de los barrotes de la libertad". Puedo intuir que sea bastante difícil entender aquél axioma que afirma que "un principio parido a los márgenes del cuerpo equivale a un voluntario homicidio no punible por las leyes vigentes del código penal". Pero, no casualmente, el mundo de los profesores está lleno de criminales con permiso de "arrasamiento".



SOBRE EL HACER

Hoy algunas preguntas podrían aparecer bizarras, también vulgares. No puedo excluir que, para muchos, pueda ser así; sobre todo cuando uno se encuentra con tener que confrontarse con simples preguntas del tipo: "¿qué hacer hoy?".
Mi respuesta es seca y unívoca: "hacer". Alguien, entre muchos no satisfecho de mi respuesta, que considera apresurada y "no suficientemente articulada", podría instar: "de acuerdo, pero ¿hacer cómo?". Mi respuesta continúa siendo seca, unívoca y "no suficientemente articulada": "dejemos de lado el 'cómo', habrá siempre alguien que se hará cargo; yo, mientras tanto 'hago'. Pero aquél insiste, quiere 'entender' para dormir tranquilo: "¿claro, pero usted 'qué ' hace?". Me doy cuenta que el riesgo es aburrir pero, por tercera vez, mi respuesta es seca, unívoca y 'no suficientemente articulada': "la 'cosa' ya está y entonces no se trata de ninguna manera de hacer la cosa sino de volvernos nosotros mismos la cosa. Y, en la ocasión, les encomiendo que aflojen las amarras - siempre en movimiento, Ravelli -".
Groucho: Coraje, Ravelli, camine un poco más rápido.
Chico: ¿Y por qué tanto apuro, jefe? ¿Si no vamos a ningún lado?
Groucho: En este caso, corramos y terminémosla.

Considero sabio el consejo de Groucho Max, lo intuyo fruto de una antigua sabiduría análoga a aquella de los grandes pensadores atenienses, antes de 'la bajada de pantalones'.
El actual territorio de la transición no quiere, ni puede acoger lo trágico, porque no prevé una tarea humana ni un futuro sobre el cual injertar nuestras (admitiendo que sean todavía existentes) capacidades de proyectar.
Digámoslo de una vez, el territorio de la transición no prevé tampoco el pasado: para los hombrecillos contemporáneos (futuras víctimas, como sea que gire la rueda), sólo un espejismo de un presente sin espejos. Insuficiente hasta para la especie de alondras virtuales que se desplazan en la noche *. Créanme, sobre mi piel: la sensación más difundida entre la plebe del presente es que todo ya ha sido visto, dicho, vivido, despotricado como un vetusto rosario de madreperlas, entonces un todo transformado en drama burgués (puro espectáculo), aquel lugar concurrido por pobres de espíritu en donde nada es tragedia. Por esta motivación estoy convencido que la única verdad posible (y también mucho más probable) esté en el grotesco, que después de todo no es otra cosa que la aceleración rítmica de lo trágico.
¿Hay algo menos trágico que el aburrimiento repetitivo de un pasado ya pasado, sepultado, digerido, ya visto y vivido, explicado y archivado en las celdas frigoríficas del olvido? Y es propio por la aceptación acrítica de un eterno presente que no nos es posible asombrarnos delante del horror de un nuevo campo de exterminio, nos descubrimos estalactitas frente a la tortura de seres humanos, sordos al exterminio, topos delante del divagar fantasmagórico de los 'apólidos' y avestruces tontos en frente a la proliferación venenosa de los bancos.
No hay nada de trágico en todo este infierno médium; nos hemos apagado en el mismo instante en el cual perdimos nuestro contacto con la memoria trágica: "sin memoria, me moría". Estupenda revelación de la lengua española, casi una tautología.
Hoy, sepultado el pasado y borrado el futuro, todo aparece simple, explicable inocuo y banal. Todo así... déja vu.

*Nota: espejo p/alondras

SOBRE LA TIERRA DEL MEDIO

En el medio de la Tierra del Medio fuimos trasplantados un día como ramilletes de simétricos alcauciles. La tierra del medio es aquel lugar sin espacio donde hoy estamos obligados a transitar como "Sanchos" sin brújulas ni Rocinantes. Quijotes desensillados.
Tierra de nadie, tierra de barbaries, territorio de un fluir necio y sin particulares emociones, a pesar de que abunden guerras civiles por todas partes, se multipliquen los asesinos cotidianos en la esquina de casa, las persecuciones de memoria bíblica, los premios literarios, los exterminios de masa, las limpiezas étnicas, las adivinanzas televisivas, las vacas locas, la devastación de territorios para saciar apetecibles rentas, la matanza de inocentes (entendiendo como chicos, es decir, como futuro - para eliminar antes que llegue a ser un pasado-siempre-presente).
Como en una película nosotros estamos "ahí", a pesar de quedarnos "aquí", espectadores devoradores de pochoclo y coca cola, convencidos que para respirar aire limpio es suficiente levantarse del sillón y ganarse la vereda. Vemos, re-vemos y re-visitamos el evento, total está siempre lista la información-en-tiempo-real, delirio acompañado de infinitos replay: la medicina justa que nos asegura una anestesia de choque en caso de una repentina angustia. Es un hecho que nos obliga a quedarnos espectadores de la película, ojo a proponernos como actores y tampoco como comparsas.
La Tierra del Medio está compuesta por pantano sin ninguna memoria de los extremos removidos: Tierra de Antes y Tierra de Después. La Tierra del Medio es una condición de tránsito existencial en donde no existen juicios ni pertenencias, una especie de limbo donde las conciencias, cansadas de estar despiertas por fin se han dejado ir en una siesta que dura 24 horas.
Tierra de Medio, tierra exenta de pasiones, porque existe sin emociones; pero la brujería funciona también al revés: tierra en dónde no existen las emociones porque el pensamiento ha sido sepultado en el Castillo del Letargo. En lugar del pensamiento sobresale el Mercado de la Plaza Global, con la fascinación electrónica de sus guerras modernas hechas para la conquista "rámbica" de Nueva Plaza de Negocios. En obsequio a la Gran Metrópoli Universal. Es verdad que sin los espejos del tiempo lo que manda en cualquier lado sobre este mundo es la indiferencia a los diferentes.
Los mecanismos físicos y psicológicos de la indiferencia se "usan" para no permitirnos "usar" el pasado, que es la condición esencial y necesaria para poder proyectar el futuro: proyectándonos.
Mecanismos muy simples, aptos por hacer daños muy complejos. La Tierra del Mercado nos condena a sobrevivir en un eterno presente, nos quiere convencer (y como lo logra) que en el mundo de hoy no existen ni buenos ni malos, ni santos, ni necios, ni inocentes ni culpables, ni ladrones ni honestos: "quien se considera inocente tire la primera piedra". Naturalmente existirían todos los extremos para hacer desmoronar el Everest sobre la cabeza de un montón de filibusteros y fariseos, pero nadie se atrevería a dar el primer paso, por miedo a quedarse abajo. Nunca se sabe. Es más, para evitar problemas más grandes es prudente dejar de soñar.



SOBRE LOS INCLUIDOS Y LOS EXCLUÍDOS

Fuera de juego. Como cuando éramos chiquitos así y quedábamos excluidos del partido de fútbol porque no servíamos ni como arqueros. Pero era suficiente llevar una pelota verdadera para llegar a ser hasta capitán del equipo. Ahora entendemos que aquel gesto era en realidad una inversión, una relación de fuerza, un chantaje en plena regla. Tal vez las tres categorías económicas reunidas. Así terminábamos "incluidos" en el juego.
Esto para decir que también los chicos aquellos con menos talento terminaban dictando las reglas del juego. Hoy las "cosas" son algo más complejas; hemos vuelto a la cultura del Tótem después de habernos desembarazado de los tabúes. Tótem Mercado, Mercados Generales, Mercancías Generales diseminadas sobre el entero globo terráqueo.
La inseminación artificial de mercancías es así difundida y capilar, así caóticamente ordenada, que nos hemos perdido entre los céspedes del Provecho. En esta tierra de nadie, ¿quién soy yo? Nadie. Mi cuerpo, antiguamente artífice de lo bello y de lo feo, del verdadero y del falso, ha sido re-definido por medio de una nueva ecuación filosófico-cuantificadora: cuerpo-mundo. Ya lo creo cuerpo-canchita de fútbol de nuestra infancia. He sido excluido de la significancia social y existencial que me garantizaba la antigua relación: Cuerpo - pensamiento - memoria - proyecto. Una mirada, tampoco muy aguda, sobre el mundo nos sirve para descubrir que nos hemos transformado en cuerpos mecánicos omnívoros, cuerpos que producen (sin parar) "partes" de algo monstruoso de lo cual desconocemos el enlace con la totalidad de la experiencia.
Conocemos el fin (o nos ilusionamos de conocerlo) pero desconocemos las "partes" que componen el recorrido (fingimos no conocerlas). Hemos sido echados en un viaje organizado por gnomos cerebrales del Mercado: no poseemos la consciencia del itinerario porque no poseemos más una memoria del pasado y la pasión por el futuro. ¿Pero semejante viaje puede todavía ser llamado "viaje"?.
En esta barraca planetaria erecta sobre los ríos de un Mercado sin sentido, pero en donde (al mismo tiempo) proliferan los sentidos y las prótesis, ¿qué posibilidad tenemos de re - encontrar el juego de la vida? Digamos que la pregunta primordial del "ser o no ser" ha sido superada por los carritos del hiper-mercado. Acaso haríamos mejor en preguntarnos sobre el "estar": ¿Me incluyo o excluyo? O: ¿me incluirán o me excluirán? ¿Estoy "afuera" o "adentro" de los meandros del Mercado Global? ¿Cuál es, hoy, el mundo que nos quiere hacer aceptar?



SOBRE LA VIRTUD MEDIA

Tierra del Medio. Tierra de Nadie. Tierra circundada de maquinarias infernales, de tecnologías modeladoras del consenso y de eficientes mecanismos productivos (también humanos), en dónde cualquier pequeño gesto "desviante" puede ser inmediatamente reconducido a los callejones estrechos y sin salida de la egolatría -que después de todo sería la enfermedad endémica de la multitud. Tierra del Medio, hombre del medio, hombre de nadie. Ni siquiera hombre de sí mismo. La tierra del Medio se confía a un único faro de referencia: la Virtud del Medio, aquella puta militante que chapotea en equilibrio, equidistante de los extremos. Virtud media, Sentido Común del Pudor, Mayoría Relativa, Marchas no competitivas, Fotografía de Masa, Safari ecológico.
Fuerte con este deslumbramiento pavoroso, el neoególatra cree re-encontrar un sentido al vacío simplemente de la (media) aceptación de aquellos mecanismos que están en el origen del modelo económico general, de validez general por las estadísticas de cualquier raza y creencia.



SOBRE LA RENUNCIA

Para poder "entrar" en la "significancia social" es necesario conjugarnos con la palabra de orden: renunciar a cada cosa. Idea o valor no insertados en el Mercado. Renunciar a la extrema idea, porque cualquiera sea siempre sería desestabilizante del Status Quo; es necesario someter cada saber a las exigencias fisiológicas del Tótem de la Globalidad.
Se puede entender como sería: la Virtud Media asegura y garantiza un tranquilo fin de semana con el muerto a la sombra del "sano equilibrio" a su vez gestionado y conservado por medio de pequeños y grandes esfuerzos de relativización de aquellas extremas tentaciones que nos conducirían afuera de los límites de la "seguridad". La Tierra del Medio no ofrece al "usuario" ni desiertos ni valles, entonces ningún oasis en el horizonte y nada de cumbres para escalar. El escalofrío es regularmente virtual, como también virtuales son todos los otros sentimientos humanos.
La asocialidad, como se puede averiguar con facilidad apagando de golpe la televisión durante el almuerzo, no llega más allá de un discutir sobre las elecciones alternativas de las heladerías, los negocios para ahorrar y las salidas de la ciudad, si "el tiempo lo permite, obviamente". En la Tierra del Medio el tiempo transcurre chato, chato, porque está ausente de memoria y de proyectos. Sólo un presente boludo, eterno, de la filosofía "Fantozziana". (*)
El pasado (¿pero cómo se hace para recordarlo?) se ha hundido en un agujero negro, el futuro no existe más, ni siquiera como apuesta a largo plazo. Los ideólogos de la raspadita lo entendieron antes que los sociólogos: el Nuevo Febril Raspar es convulsivo o compulsivo, continuo, histérico; en el fondo nos conformamos con una Ganancia Media, también porque sería una verdadera tragedia si, de improviso, el raspar la cartulina policromática nos descubre una Ganancia Extrema: ¿cómo y cuándo cobrarla? ¿cómo administrarla? ¿cómo eludir la angustia de una inversión equivocada? Para el hombre del Medio no es justo conjugar los verbos corriéndolos sobre proyecto y deseo. ¿Y si después se cumplieran?

(*)Fantozziano: personaje del humorista Paolo Villaggio... símbolo del ciudadano medio, que representa la mediocridad.

SOBRE EL DESCONCIERTO

El perfecto funcionamiento del mecanismo Central del Mercado está dado por una única referencia: la absoluta certeza de que el Tótem dispensa a sus súbditos. Hasta por medio de la elección entre dos detergentes el súbdito se siente reforzado en su identidad social: está seguro de pertenecer al mágico presente electrónico de SKIP. Si finalmente un detergente vale el otro, o hasta si no tiene nada que ver con la supervivencia del Súbdito, se trata de una cuestión que no roza las áridas praderas del cerebro.
El Mercado es más inteligente que el Súbdito. Es suficiente pensar que para el Súbdito es posible pertenecer a organismos locales, nacionales e internacionales de Súbditos Consumidores Unidos. Naturalmente las distintas asociaciones de Consumidores están convencidas de pertenecer a un movimiento revolucionario. Así, la ausencia de identidad proyectual, de espesor ideal y político del Súbdito, su total dependencia del Mercado, su infinita nulidad como sujeto propositivo (sería suficiente uno sólo de éstos elementos para mandar cualquiera al manicomio) constituyen la "segura identidad social del Súbdito". El Mercado crea certezas, ciertamente inexistentes desde el punto de vista estrictamente "humano", pero para el Mercado lo importante no es el individuo con sus problemas existenciales, sino el Mercado en sí mismo y sus problemas de producción y distribución. Afuera del Mercado, el hombre no existe, es una bestia, un marginal, un desocupado, un filósofo, un delincuente, en fin. Peso del cual uno tiene que liberarse y enseguida sacrificar en homenaje a las exigencias caníbales del Tótem.
¿Qué hacer, entonces para re-devenir sujetos humanos? Habría una alternativa, dura pero real: el desconcierto. La opción implica hacer perder las propias huellas, salir del juego del Mercado General, renunciar a las distintas complicidades. El desconcierto del que hablo es fruto de una actitud extrema de humana resistencia: en contra del modelo económico: individuos fuertes de una resistencia crítica y despiadada, de una bronca permanente, de una neurosis de caballo; en fin, se trata de luchar en contra de todas aquellas referencias sociales así queridas al Status Quo del nuevo virtuoso medio. En lugar de las "certidumbres" impuestas por el Mercado, es necesario poner el sentido de desconcierto que brota de nuestro no encontrarnos nunca en los lugares elegidos donde pasan los encuentros medios, producidos y garantizados de la Virtud Media: los espacios "justos". Esto significa ganar aquél mínimo coraje ético y filosófico que nos ayude a definirnos "parias", sujetos "afuera" del tiempo presente y del espacio ilusorio. Son actitudes extremas que seguramente nos privarán del escalofrío del Skip, pero que nos harán sentir finalmente vivos, afuera de la multitud globalizada y lobotomizada. En síntesis, propongo: la extrema neurosis, una consciente alienación y un sufrimiento alegre. Pero todas condiciones que es necesario producir y aceptar para poder adueñarnos de una vida "sensata" afuera de la locura del Mercado. Nuestros espacios de encuentros, de debates, de diálogo y hasta de conversación tienen que ser robados a la producción.



CIRCUNNAVEGACIÓN ALREDEDOR DE LA CAZUELA DEL ARTE
Estética, una sorpresa etnográficamente interesante.
Dr. Zvonek Burke

Espero que una vez en la vida se hayan preguntado sobre cómo nace una obra de arte. En lo que me atañe, desde los lejanos tiempos de mis primerísimas poesías de "Ulissio hacia el viaje", he a menudo reflexionado sobre el misterio de la obra de arte. Me preguntaba sobre cómo podía nacer, sobre cuáles serían los presupuestos, los recorridos, las motivaciones y las metas finales que la acción debería haber alcanzado al cumplir su tortuoso viaje.
A pesar de los esfuerzos chapoteaba sobre los vidrios de la inteligencia, estaba obsesionado por la "necesaria" luz esperada (por todos) después de atravesar el tortuoso túnel. Pero más me preguntaba y más me hundía en la impotencia creativa, me sentía envuelto en una espesa pátina de estupidez.
Después de años de diálogos con los espejos, de improviso, desde las vísceras del túnel, un lindo día de luz apareció: impetuosa, brillante y deslumbrante, me sugirió la respuesta que desde mucho tiempo estaba buscando: la obra de arte brota, inesperada, en un "otro lugar" de nosotros no prefigurado, indiferente a aquella huella maestra que nosotros mismos nos habíamos impuesto. La obra florece repentinamente y es el fruto (siempre verde) de la extrema negación del objeto observado: hija metafórica del "no". Fuera intuición o reflexión, el descubrimiento me obligó a enunciar otra pregunta: "el arte ¿no es lo mismo que la 'visión estética'?".
Bloqueada al nacer cualquier tentativa de respuesta para intentar de cualquier forma resolver la pregunta que me había hecho, resolví la duda aplicando un procedimiento de deducción negativa: ¿Qué no es una visión estética?. Fue en aquella condición de desconcierto racional que descubrí que la cuestión se limitaba a afirmar, con fuerza, una negación; deduje entonces que la "visión estética" no es una arquitectura teórica, ni una metodología crítica, ni tampoco una cosmovisión (también lúdica) que pueda ser expresada por medio de la contorsión (aunque sea mística) del logos.
La idea ahora intuida fue desconcertante, porque me revelaba que la "visión estética" es un juicio autoritario orgánico (provisoriamente) definitivo con respecto al objeto observado. ¿Qué quería decir? El descubrimiento me decía que, puesto adelante del objeto observado, debo describir, en forma absolutamente facciosa, lo que mis ojos ven y lo que mis ojos no logran ver, lo que mis sentidos intuyen y lo que creo sentir con la totalidad de mi cuerpo en el exacto presente del proceso creativo. Ni un momento antes ni un momento después. Esto podría parecer un hecho casual, pero sólo en el caso que nos encontrásemos a obrar partiendo de premisas casuales: es la verdad que encontramos sin haberla buscado y que revelamos sin haberlo querido: nos asombramos. Simplemente nos vaciamos de sentimientos, de prejuicios y de imágenes que teníamos hasta aquél momento. Entonces afirmamos, con extrema convicción, lo que hemos encontrado; después si es necesario, damos vuelta cualquier tentación de encontrar, sí o sí, un sentido. Así nos licenciamos en científicos: impidiendo a las partículas del caos, ahora agarradas, de hacerse polígonos, parábolas, elipses.
Moraleja de la fábula: la fábula más creíble es aquella a la cual se le haya sacado la moraleja *.

(*)sectaria.

El arte es la ciencia de la verdad, verdad absoluta en cuanto inmediata, contaminada de su misma efímera eternidad. Entonces, la verdad sólo ahora aprendida, está condenada a mudar en instantes absolutos, atraída, como un viejo asteroide por cualquier vibración emocional. Vibración emocional cuya causa desencadenante podría muy bien esconderse en el lábil tejido de un humilde gesto. Por aquél simple gesto que cambia mi forma de interrogar el objeto, cambia el ángulo de mi mirada y desvía el curso de mi memoria. Todas éstas chispas, robadas dentro del túnel, me hacen pensar que la bendita "visión estética" no posee métodos, no responde a ciertas estructuras anagráficas que querrían explicarnos el misterio del nacimiento. O el nacimiento del misterio. No puede.
....diré más: la "visión estética" nace sólo después de la muerte de la arrogancia crítica, del encuadramiento poético y de la circularidad enfermiza del discurso. Alguien dijo que si cortáramos la "cabeza" de un hombre, éste llegaría a ser un cadáver, o un artista. Gracias al vientre del túnel he descubierto que poseer en propio una "visión estética", significa re-encontrarse sumergido en la experiencia, implica dejarse llevar por las energías desprendidas de la sensibilidad. Esto significa que la "visión estética" nace del cuerpo. El mío. Pregunta retórica: ¿es lícito afirmar que la "visión estética" es similar a una investigación criminal (tipo Sherlock Holmes) que rechaza la lógica del discurso, los indicios evidentes, para en cambio detenernos casi exclusivamente sobre el comportamiento instintivo del cuerpo? Contemplar cuales son las coordenadas en dónde se verifica el fenómeno para después entender y hacer, o esperar a descubrir aquello que ya está pero de lo cual no se logra tomar ni la forma ni los signos. Son dos actitudes antagónicas. Mientras la contemplación del objeto nos obliga a la interpretación, valuación crítica, a la historización más o menos vacua, quedándonos forzadamente en el exterior de la experiencia, el arte, al revés, es pura acción, nos envuelve en la emoción, en la energía y anula la reflexión, la intencionalidad finalística y tecnocrática. En este sentido el "espectador" no sería mas que un tecnócrata que se alegra cuando entiende, es decir, cuando ya ha terminado de sentir. Un verdadero espectador persigue la 'ataraxia', el lugar más alejado de las emociones, el centro estático del huracán, desde donde se pueden admirar las devastaciones periféricas sin arriesgar una implicación directa. Para poder hacer es necesaria la energía, sin energía no puede existir el actuar (obrar): no existe la obra, no existe el arte, sólo existe (por así decir) la vida en estado vegetativo y, a menudo, inconsciente.
Hay algo desconcertante en el actuar en forma creativa sobre el objeto: el cuerpo humano produce más energía de aquella que necesita: energía excedente.
Una cualidad de energía que desborda cualquier tentativa de control racional; energía incontrolable entonces, una fuerza transformadora y devastadora parecida a aquella del pensamiento no - todavía - pensado. Se deduce (pobre tentativa senil, pobre de mí, comparto) que el arte (a pesar de la locura de intentar perseguir un sentido) es la imposibilidad primera y última de traducir una pre-figuración, un pre-juicio, una (aunque sea noble) finalidad didáctica. El arte es una cuestión más simple que las palabras que chapotean alrededor de los charcos de sus definiciones: la obra nace al obrar a ciegas, empujados por las pasiones del cuerpo, el latir de los sentidos, los accidentes del recorrido. Si en todo este actuar existe un sentido, tal vez se lo podría encontrar en la extrema carrera para conseguir un sentido que no conocemos (no está), un sentido que no nos es dado conseguir entonces, (por paradoja) también si lo lográramos no sabríamos reconocerlo.
Nosotros en el actuar en nombre de la luz, transformamos la materia en cuanto habitantes de la oscuridad. No conocemos ni recorridos ni paradas, ni metas finales. En este 'sentido' la obra de arte nunca está terminada. Por eso mismo, imaginamos un imaginar que está continuamente en movimiento: un instante después de nosotros. Incomprensible sentido al cual, un otro 'afuera de la cosa', atribuirá un signo, un dibujo, una escondida intención.
El final de nuestro actuar inaugura la cristalización literaria, la vacuidad interpretativa (gratuita interesada). Como si la cultura dominante fuera dominada por la avidez de normalización, para convertirse en todo digerible, inofensivo, limitado. Terminado. Así, inauguramos la temporada del Ballet de los Verbos y Adjetivos: abrimos y cerramos escuelas, tendencias, épocas, construimos laberintos de sueños y de minotauros.
No podemos vivir sin sentirnos heroicos Teseos. El monstruo de lo ignoto nos da miedo. Porque nos hace sentir más solos que nunca, más débiles que una hoja. Sobre todo hoy, cuando sociólogos, críticos y psicoanalistas se han visto superados por la inesperada solución ofrecida por la creatividad: nunca por ellos pre-vista, intuida o simplemente hipotetizada, como excepción a la regla de la muerte. La "regla de arte" tampoco nos hace más las "albóndigas de col negro"*. ¡Figurémonos entonces una obra de arte! ¿Pero cómo se hace para embridar los resplandores de la energía? "Yo no busco - decía Picasso -, yo encuentro". Las palabras juegan su juego preferido, el juego de las palabras, pero la experiencia nos enseña que se "encuentra" sólo lo que antes hemos renunciado a "buscar".

Como Ulissio, amo todas las cosas de este mundo visible e invisible, huellas visibles e invisibles, sustancias animadas e inanimadas: atraído por el desierto, como un granito de arena, me meto en todo.
Insaciable esta hambre que no termina nunca de terminar (o de empezar). Como justamente decía mi abuelo Romeo Gisello: "expresarse es un trabajo de burros, cuando finalmente creo lograrlo, descubro haber expresado 'otro' de mí".

(*)Receta toscana.