Las ciudades (o las ciudades que esconden hombres)

Los hombres (o los hombres que esconden ciudades)

Ciudades - hombre.


Conceptos de agua.
A modo de epígrafe- prólogo.

Lo que es, es lo que no es.
Lo que no es, es "lo otro".
Lo otro, está afuera.
La cosa, se divide.

 

 

 

Este juego es la tentación constitutiva de la vida: la polarización como táctica para fabricar identidad. Los polos como ejes para tramar de "ciudades - sociedades" y "hombres - cuerpos". Entre ellos, zigzagueante, ponzoñosa, la noche de la regla, el acotado "deber ser". La mirada amenazante de la autoridad y el goteo repetitivo de la costumbre. Que es como decir, entre los polos: el miedo. Y del miedo, la amenaza. Lo que es derecho es derecho y no se dobla.

La dualidad es la táctica para crear nombres. La designación a través de la palabra y los signos, el lenguaje, estructura la cultura - lente que se expresa en "ciudades - sociedades", con sus instituciones, y los "hombres- cuerpo" actuando en lo cotidiano.

El orden social es el resultado de una relación íntima entre los "hombres - cuerpo" en sus "ciudades- sociedades". Una discusión clásica dentro de la sociología, la filosofía, la psicología y la antropología se refiere a ese límite impreciso que hay entre el individuo y el sistema que lo crea y lo contiene. Una discusión interminable sobre la retroalimentación constante entre los pequeños actos- palabra en procesos locales y el sistema político y comunicativo que los engloba. La reflexión podría apuntar hacia esta pregunta: ¿cómo el gesto específico de mi mano para tomar un par de cubiertos, expresa la historia de los cubiertos, las reglas del buen comer y la salubridad pública?. Las creaciones del ser humano nunca dejan de ser creaciones del ser humano (cómplices o artistas). Y son creados por la contraposición constante de las fuerzas que se entrechocan para crearlas. Somos lo enseñado. La negación de lo aprendido. Y aquello que ha quedado en el medio, como péndulo, entre la riña. Todas las ciudades laten. Que es lo mismo que decir: todos los humanos laten. En corazones que no paran hasta el día de la muerte.

Pero las "ciudades- hombre", en nuestra época y a lo largo de los milenios, han trastocado a la tentación constitutiva de la vida -la dualidad- en muerte: de un lado, del otro, los atrincherados. En nuestras casas, en los barrios, en las ciudades, en los países o las organizaciones. De un lado, sólo con los míos, ellos, con lo de ellos. Luego: a veces, violencia. Otras: indiferencia. Siempre: el silenciamiento de las preguntas. Nunca: los puentes.

Taxonomía médica de la variedad para soltar seguridades ante algunas certezas: la mutación y la interacción. El orden social, los actos diarios, han sido y son una estrategia, consciente o inconsciente, para construir imperios unilaterales. Bofetadas para dejar al "otro" relegado al lugar de ente receptor, de ser pasivo, inútil, carente de poder. Es poder no es de a dos, ha sido y es de a uno.

Las preguntas que dispararon este texto son las siguientes: ¿por qué el hombre, históricamente, ha necesitado construir imperios?. ¿Por qué la otredad es el espacio de la inclusión?. ¿Por qué la "cooperación" entre las "otredades" es el espacio de la inclusión?.

Entre éstas preguntas hay un pasaje: una ventana. Desde el modelo del autoritarismo y la imposición -desde la familia hasta los gobiernos mundiales- existe la posibilidad de cruzar hacia un modo mancomunado de construcción de identidad y de "ciudades- hombre". La ventana, pasadizo hacia la pregunta, está basado en la escucha y la reflexión. La ventana es el "viaje iniciático". El dedo que entra en la herida de la duda, parturienta de la posibilidad de construir algo distinto. Es ella el pasaje para un viaje desde los postigos colgados y las persianas altas. Liberación de las taxonomías discriminatorias para desenterrar, en el diccionario no escrito aún, en las prácticas y, al fin, los actos- palabras, y llegar al encuentro con lo desconocido, con lo, hasta hoy, negado. Es decir, la otra parte de uno mismo.

Ciudades - Hombres habladas: la bestia encarcelada
(El poder para imponer).

Las "ciudades- hombre" hablados son aquellas en las que el "otro" diferente debe ser negado, silenciado, destruido La pregunta: ¿por qué el hombre, históricamente, ha necesitado construir imperios?.

La génesis de la dualidad para aterrar: ciudades amuralladas, Estado, educación y familia.

Poco más de 600.000, el desafío de la supervivencia ante los peligros climáticos y de muerte por combate con otras especies animales, hizo que "el hombre- mono" fuera desarrollando la palabra: un conjunto de sonidos que le permitiría la comunicación acerca de los "objetos" de alrededor. Este es el vestigio de la animalidad en nuestra humanidad: el pasado. La palabra se transforma en el índice y la muestra de la cultura, posibilidad de designar, comunicar, inventar y transmitir conocimiento dentro de un grupo social.

"Cultura designa a toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados los animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres ". La palabra se transforma en el puente entre el "sujeto - hombre" y el "objeto - cosa". Esta primera escisión, es la génesis de la dualidad. La tentación constitutiva de la vida que, en su derrotero, puede resultar paralizante o creativa.

A partir del 10.000 A.C, aproximadamente, se da el comienzo de la construcción de las primeras "ciudades- hombre" asentadas. Los conglomeradas urbanos nacen con una premisa: mitigar el dolor. La angustia por la inestabilidad provocada por el aprovisionamiento inestable de materia prima y alimentos para los miembros de la comunidad, el control de los ríos, la necesidad de "muchos" cooperando para obtener mejores resultados son los justificativos para crear casas, calles, murallas... Jericó, será una de las primeras ciudades amuralladas. Con la sensación de miedo, surge el deseo de seguridad, y con ambas, las paredes que protegen. De este lado, nosotros, de aquel, lado, el enemigo. Los bordes altos y macizos de Jericó (ciudad- metáfora) muestran que "algún terrible enemigo vivía por allí" . En definitiva, el miedo es el padre- madre de la cooperación ciudadana y la sobrevivencia es parámetro para medir la efectividad de la propuesta. Las ciudades se constituyen como el segundo límite, luego de la palabra, para designar con precisión al nosotros del otro amenazador. Sin embargo, recién con la consolidación de las primeras grandes "ciudades- estado" (a la vera de los ríos que hoy hasta hace poco fueron bombardeados por Estados Unidos) surge la gran jerarquía estatal y la escritura como sistema de símbolos que posibilita el registro y la transmisión organizada de un mensaje. La complejidad que iban adquiriendo estas nuevas aglomeraciones de vida requiere de una organización que se resuelve en la jerarquía de un Estado- príncipe conectado con la divinidad proveedora de los recursos para la supervivencia (clima, buena cosecha, fertilidad, etc.). Por supuesto, la divinidad, necesita estar complacida y feliz con la actividad de su "hijo" en la tierra: con príncipes y sacerdotes, jerarcas sociales desde ayer y siempre, construyendo templos a la altura de lo que es pedido -la vida- comienza la producción de bienes suntuarios. Para la producción de los mismos es preciso una materia prima específica y cantidades suficientes, más que la que regalan los territorios alcanzados por la "gran ciudad- hombre estado". Es así como la expansión y la guerra se convierten en otro de los ejes fundamentales para la reproducción. La acumulación, más allá de las necesidades básicas, requiere de las estrategias de la represión y la represalia para poder existir. Uno que gana, otro que pierde. La escritura, simple instrumento de comunicación de este momento, nace como medio de registro de las órdenes del príncipe, y con ella surge la función del pedagogo."El Estado mantiene el uso legítimo de la violencia física y simbólica; es una estructura que forma subjetividades, esquemas de percepción y pensamiento... presentándose con la apariencia de "natural" . El maestro es el garante- transmisor del discurso que posibilita la reproducción del "estado- ciudad". La palabra social se hace cuerpo en esta conexión entre ciudades y hombres. Con los grupos de hombres, nace la regla, la norma social -codificada o no- que expresa el límite y con él, el sentimiento de culpa ante su quebranto.

Cierto es que el hombre, entonces, se transforma en el creador y el policía de la palabra que se transmite en las ciudades para lograr, en definitiva, la supervivencia. Nuestra sociedad, no es más que un sortilegio contra la desaparición física y la amenaza del otro que parece acarrear la daga que será clavada en nuestro pecho. Y la escritura y la culpa, los garantes que reeditan, cada día en nuestro cuerpo... el orden. La autoridad está allí, en cada abrir de ojos, en nuestra almohada y, también, bombardeando por televisión.
Como dijimos, será la educación uno de los mecanismos fundamentales para la reproducción de nuestra vida atemorizada. Y la familia, con el padre tradicionalmente, "a su cabeza" será el hechizo contra la transformación del status quo. Años, largos, pasados..., revoluciones mediante, el Estado es transformado en un mecanismo a favor de las fuerzas de producción autónomas y concurrentes en el mercado que generan la ganancia de los nuevos grandes conglomerados urbanos centrales que se expanden en las colonias e imperios consolidados hasta bien entrada la mitad del siglo XX. También será el Estado un mediador entre las fuerzas en pugna que se autodestruyen en el mercado en los períodos de "crisis estructural", entonces, las políticas se basarán en el eje de la dependencia en el mismo a partir del clientelismo, una política guiada por un poder central que destina acciones hacia beneficiarios pasivos y agradecidos. La educación y la familia, las "ciudades- hombre" se modifican al ritmo de éstos cambios. Pero hay una constante: en la educación, la transmisión de lo "oficial"; en la segunda, la sumisión del género femenino al género masculino; en "las ciudades- hombre", un orden basado en la unilateralidad y el des- poder de los muchos.

La imposición se reedita en la sexualidad y el discurso cotidiano, y en los jeroglíficos aprendidos cada día en las aulas. La familia es el espacio de la "socialización primaria" y en ella se consolida un importante mito social "el imaginario refleja el lugar pasivo de la mujer, pasividad erótica, cuidado de los hijos, maternidad como único proyecto de realización personal y el hogar como único espacio en el que le es permitido desarrollar su potencial" . La educación oficial consolida la visión del maestro como aquel poseedor de una saber que el "alumno" no tiene: lógica basada en la versión estricta de una sola versión sobre todas las cosas, y el recitado burocrático de los párrafos del libro de turno la única manera de pensar y hablar sobre la vida. "En verdad, lo que pretenden los opresores es transformar la mentalidad de los oprimidos y no la situación que los oprime" .
En la Argentina la cultura de la unilateralidad y la dependencia como modelo histórico ha nacido "ciudades- hombre" ancladas en los designios de dictadores diversos, líderes de masas, muertes programadas, el amedantramiento por la violencia que crece y la pobreza que se expande, el miedo ante la escasez, el triunfo del mito del ascenso social ligado a la posibilidad de ser aceptado ante la mirada escrutadora de las elites mirando a Europa, "beneficiarios o destinatarios" de políticas y proyectos sociales nacionales o internacionales, manos abiertas para más deuda, límites amplios para Mc´ Donalizar la vida en stereo, familias para domingos con asado, mujer en la ensalada y hombre en la parrilla, masacramiento de poblaciones nativas... todo esto, ordenado escrupulosamente, en hitos históricos, recetas de cocina, música por televisión, tapas de diarios y recursos mal distribuidos.

Sin embargo, la victimización como fraseo de la justificación consolida la construcción de la dualidad. "Hombres- cuerpo" y "ciudades- hombre" están unidos en una relación que los compromete a ambos. Aunque hay muchos de "un lado" y pocos del "otro" son muchos los del lado de "los pocos" y pocos los del lado de "los muchos". Hay una paradoja que encierra un desafío. Hay una trampa que se esboza en el medio de lo dual y que tiñe el puente de negro o lo bombardea al nombrarlo. El fraseo de la victimización le quita responsabilidad a las "víctimas". Los deja en el lugar de la pasividad y no en el de sujeto político activo que en un acotado acontecimiento o en una escena para recordar puede torcer levemente el devenir de las "ciudades- hombre". El miedo, el terror, llega a todos y nos mantiene en la reproducción cómplice de este estado de cosas. Todos los caminos de las "ciudades- hombre" conducen a Roma... porque no hay "muchos hombres- cuerpo" y "ciudades- hombre" que demuestren lo contrario. Y cuando los hubo... y cuando los hay... balbucean frases estridentes desde un panfleto crítico que los mantiene a salvo, ahondan las paredes de la trinchera en el incendiario, camuflan acciones dependientes en independientes, recitan quejas ahogadas desde la cocina, construyen comunidades y países aislados. Profundizan la dualidad al no incluir, al fragmentar desde el otro lado... respuestas parciales para la construcción de un "contra poder".

Una "ciudad- hombre" es una multitud de sutilezas confabuladas en un sentido. Una "ciudad- hombre" es una multitud de sutilezas confabuladas en un sentido hasta este hasta luego.


La ventana: el viaje o el temblor de la duda.

Hay un momento en que la pupila atraviesa el borde de la ventana. Y se inicia un proceso de tránsito. El viaje iniciático requiere comenzar a contestar preguntas (¿por qué, con quién, para qué?). Preguntas que la permanencia en un lugar nos ahorran. Cuando uno se enfrenta con el otro diferente, se detiene la comodidad de ser porque se es, sin signos de preguntas que alteren el trasladarse. El viaje iniciático nos pide por la justificación del nombre y el cuerpo; nos solicita explorar la génesis del ser. Cuando los trajes ya no son necesariamente los trajes, entonces todo puede ser nada o uno puede ser otro. Y las trincheras de las nomenclaturas se desvanecen o se fortalecen en una vuelta veloz de retorno hacia lo conocido.

Viajar, iniciarme en el rito de pasaje, puede ser un traslado desde la movilidad o desde el aquietamiento. Huir permaneciendo o remontando caminos. La cuestión es cambiar de estado y, desde allí, la mirada: de la palabra al silencio, de la repetición constante y sin debate de la acción hacia el cuestionamiento de la naturalidad entregada, de un barrio hacia otro, preguntar, solo, con otro. Viajar es poner entre paréntesis toda la oración, y recitar un verso que se desconoce. Mirar un mapa nunca visto y la hoja que cae por que sí. Viajar es indagar en la historia- memoria de los pueblos y de uno mismo y es, incluso, dudar sobre la vida que respira en nuestras bocas y la muerte como final para uno y para la víctima lejana. Cambiar requiere permitir que la sorpresa avance, que la naturalidad pesada que manifiestan los días y las horas pueda develar su creación y el acontecimiento inesperado que guardan. Viajar es desafiar al "padre", a los recursos que garantizan nuestra sobrevivencia y nuestra excesiva facilidad para transitar, y, finalmente, es desafiar a las "ciudades- hombre" tal como se nos muestran: trincheras, barricadas, lejanas, ajenas. Con la pregunta y la sorpresa emerge, cazadora atenta, la posibilidad de construir algo distinto.

En términos de la educación, es lograr que el acto educativo deje de ser una actividad cuasi- propagandística para que se transforme en una fuerza transformadora . La educación vista desde esta perspectiva, revisa la sonoridad literal de las palabras y requiere la participación de los actores en el proceso de construcción de "ciudades- hombre". Si la educación es creación, entonces, es pregunta y validez desde la duda. "Reflexión es el valor de convertir en lo más discutible la verdad de los propios axiomas y el ámbito de los propios fines" . "La filosofía de la diferencia" (Derrida) legitima la existencia de los mundos que hasta entonces eran copias, malas copias o anexos y despojos de un mundo central y omnímodo" .

Sin embargo, todo proceso dialéctico -circular , serpiente autodevorada- no puede permanecer en la dualidad. En la dualidad de la muerte: imposición - negación. Es preciso recuperar el sentido que establezca los puentes desde los cuales transitar lo existente. Es preciso demostrar que la interacción desde el diálogo requiere, primero, la pregunta y luego, aire, una respuesta que durará lo que dura en durar una respuesta. Hacia los dos lados, con los dos lados. Es preciso, sobre todo, hoy en que la "globalidad- ciudad" marca el paso y lo "local- humano" se ausenta en los ecos.


Ciudades - Hombre: las bestias liberadas.
(La cooperación como forma de inclusión).

La cooperación es el espacio del diálogo. Es el espacio para el logro de una síntesis a partir de la mirada enfrentada y distinta de dos entes. Es el espacio que cierra el círculo de los "campos del mío, mío" y abre las murallas desde las murallas. La cooperación es el ejercicio de pensamiento- acción desde la pregunta y con menos miedos. Recita la posibilidad del péndulo variando sobre el eje que el viento del tiempo dictamina. Para ejercer el ejercicio de la cooperación, en cualquier campo de la vida, es necesario un profundo autoconocimiento. Reconocer despaciosamente el contorno de cada una de las palabras y los pasos pasados que nos constituyen como seres humanos, organizaciones, ciudades, países. Y saber que somos parte de esa mirada que nos es ajena, parte del modelo anterior que encarcelamos entre preguntas, es decir, también, parte de lo que fuimos y somos. El ejercicio de la cooperación resume cierta conciencia que de la muerte surge la vida, por lo tanto toda muerte debe ser simbólica y guardar parte del otro en la daga asesina. La cooperación, la construcción supone la capacidad de la escucha y la certera conciencia de la pérdida como forma de crecimiento. Y de la participación y el habla recitada en el coro del mundo como marco de este camino pedregoso hacia el estertor final.

Esta opción requiere de la lentitud como premisa fundamental. Automirarse en el medio de una cultura urbana de la reproducción constante según los patrones de la hegemonía sostenida por los dispositivos para el mantenimiento del orden (escuela, medios de comunicación... sólo para nombrar a los más masivos) es una hazaña quijotesca. Requiere la precisión de saber que mirando los molinos de viento que están y no están enfrente de nuestras pupilas, podremos mover los pies por el camino terroso y las vías abandonadas del tren.

Y, por sobre todo, la cooperación, esta clase de cooperación, requiere hacerle justicia a la palabra libertad: certeza de que sólo con el opuesto complementario es posible, su plenitud de ser en el mundo, es posible la realización propia. La cooperación se mide en términos de identidad ganada, no ya identidad- eco surgida del terror, sino identidad como proclama de lo nuevo. Es un intento por enlazar distintos desde la grandeza de lo pequeño. Para esto son necesarios otras "ciudades- hombre", distintas a las de nueva época: con otros nombres y otras instituciones, otras leyes que reflejen la intención de interpretar una sinfonía con todos los instrumentos, otros ojos, educaciones sin pretensiones "civilizadoras", más manos y menos clientes, menos banderas y desfiles de tanques, es necesaria una política de financiamiento para la participación, el disenso y la autosustentabilidad, para esto es preciso menos silencio y complicidad, más osadía y despojo. La cooperación es libertad con el otro. Es necesario, entonces, otro poder.
En la "batalla" a lo largo de los siglos de la humanidad ha prevalecido el modelo de la "forma": la imposición de una estructura acotada y definida que permita la reproducción suntuaria del orden para sobrevivir.. Una fuerza avanza y la otro se atrinchera. Poder concentrador, de los dos lados, que es poder para imponer. El quiebre de las trincheras presupone recrear el miedo y la inseguridad en un poder suficiente como para estar sentados en la mesa junto al "otro". Es estar en el gran banquete. Si no hay poder no hay equilibrio. Un poder que incluya a la otredad, al diverso, es decir, a uno mismo.

Pero...¿cómo construir la mesa para el diálogo?.


María Cecilia Milesi Del Prado